viernes, 11 de octubre de 2013

Richard Ford en Sevilla.

         Poco a poco, pasan estos cálidos días de una estación otoñal que parecía haber llegado con puntualidad inglesa este año. Y precisamente hoy vamos a escribir sobre un personaje inglés que mantuvo una breve pero marcada relación con esta ciudad, y por tanto con su historia. Y es que hace ciento ochenta años, por estas fechas, un señor llamado Richard Ford retornaba hacia su Inglaterra natal partiendo desde la otra ciudad andaluza donde dejó huella, Granada, lugar al que había llegado en la época primaveral proveniente de Sevilla, como acostumbraba a alternar  de residencia entre ambas urbes. Ha llovido bastante desde entonces, pero desde este espacio vamos a intentar pasear a través de su legado gráfico para conocer un poco más al dibujante y a la ciudad que plasmó en el papel.

Richard Ford retratado por A. Chatelain en 1840.

Nacido en Londres allá por 1796, estudió derecho y trabajó para algunos periódicos londinenses como periodista y dibujante, e incluso conoció a Beethoven. Se casó en primer lugar con Harriet Capel en 1824, con la que tuvo tres hijos, algunos nacidos aquí y entre ellos el pequeño Richard Capel "Brubby", que fallecería a corta edad en esta ciudad. Desembarcaron en 1830 en Gibraltar para dirigirse hacia Cádiz y subir en un barco de vapor hasta Sevilla, llegando el 19 de Noviembre del mismo año para establecer aquí su residencia habitual en busca de un clima más cálido que en la ciudad del Támesis y unos veranos más suaves a los pies de Sierra Nevada. También sabemos que tras su regreso a las islas, contrajo matrimonio en dos ocasiones más, falleciendo finalmente en Exeter en 1858. Afortunadamente, este personaje romanticista ya había publicado su "Manual para viajeros por España", obra que lo convertiría en el escritor hispanista por excelencia, acercando al lector a esa España del s. XIX y en particular una Sevilla en la que resalta su mezcolanza islámica-cristiana, algo éxotico pero cercano y acogedor para él mismo.
En unas fechas muy anteriores a las guías actualmente existentes y las pantallas de nuestros dispositivos, que nos abren auténticas ventanas para viajar pulsando un botón, este singular viajero consiguió gracias a sus dotes de creatividad gráfica un extenso recopilatorio de datos, costumbres y láminas con las que el futuro lector conseguiría adentrarse en la España que el autor atravesó en numerosos viajes y excursiones. Posteriormente se han realizado nuevas ediciones, así como numerosas publicaciones analizando las incursiones de Mr. Ford por las diferentes poblaciones que visitaba, así como exposiciones conmemorativas de su obra. Por eso, a continución, hemos seleccionado algunos de esos dibujos que realizara durante su estancia en esta ciudad, los cuales nos sirven actualmente para intentar reconocer esa añeja ciudad intramuros que ha evolucionado hasta nuestra época.

Sevilla vista desde la Cartuja, una estampa imposible hoy en día por las numerosos edificios y puentes contruidos.


Otra vista, ahora desde S. Juan de Aznalfarache allá por 1830. Actualmente, vemos el metro y el río con otro curso.

Fechada en Enero de 1831, el británico nos dejaba la siguiente vista angular en la que ya podemos observar los Jardines del Cristina y el comienzo del Paseo de las Delicias, puesto que habían sido inaugurados unos meses antes en 1830. En el centro tenemos la bella fachada principal del Palacio de S. Telmo, y al fondo de sus laterales, aparece escoltado por la Real Fábrica de Tabacos y un río Guadalquivir embocando el desaparecido meandro de los Gordales, algo que también vimos en el anterior dibujo que mostrábamos.



A principios de 1831, plasmaba una majestuosa Giralda vista desde la calle Abades, probablemente como la vería desde la casa de Mr. Williams, vicecónsul inglés de la ciudad, el cual ayudó a la familia Ford a establecerse aquí en una cómoda casa de la plaza de S. Isidoro, ubicada en la esquina de las calles Jesús de las Tres Caídas y Agusto Plasencia. Esto explica las diferentes láminas que el autor hispanista dibujase de esa collación y sus alrededores en tales fechas, al igual que sucediera después en 1832, cuando regresan a Sevilla tras el periplo granadino y se mudan al Palacio de Monsalves, proliferando entonces los dibujos de aquella zona de la ciudad, así como de la misma residencia. Esa Sevilla decimonónica era aún la urbe guardada por murallas y torres almohades y por cuyas puertas se accedía a ella o se abandonaba saliendo hacía las poblaciones cercanas atravesando las huertas que la rodeaban. De esa reminescencia arábica de la ciudad y sus exteriores también nos dejó algunas muestras.






Como uno de los ejemplos tenemos la Puerta de Carmona, con la llegada a ella de los Caños de Carmona, así como el Convento de S. Agustín al fondo. Hoy observaríamos una transitada avenida de Menéndez Pelayo, justamente en la abandonada manzana de La Florida con los restos del arrabal de Benialofar en su interior. Debieron ser numerosas las ocasiones que la familia Ford entró en Sevilla por dicha puerta y pasaban por la entrada de la Casa de Pilatos, camino de la que fue su casa en la Plaza de S. Isidoro frente a la parroquia del mismo nombre y que, como veremos a continuación, es el único edificio que sigue en pie.






De la misma época y barrio, vemos esta imagen adjunta de la Plaza de las Carnicerías, que una década antes habían sido trasladadas al recién inaugurado Mercado de la Encarnación. Este abandono motivó, un lustro después de ser representadas por el autor inglés, que éstas fueran derribadas por  lo que dicha plaza desaparece y pasa a ser  integrada  en conjunto con  la colindante de  la Alfalfa, que gana en espacio y arbolado en  su nueva y diferente fisonomía urbanística, llegando en un constante cambio evolutivo hasta nuestros días.



Siguiendo este paseo a través del casco histórico por un eje importante a lo largo del tiempo como es la calle Cuna, vía de la cual también nos dejó una detallada descripción, llegaríamos a una Plaza de Villasís con un aspecto que, lamentablemente, difiere en su totalidad del que presenta en el momento actual.



Caminando unos pocos pasos más adelante, nos encontraríamos en la Plaza de S. Andrés, que como podemos ver aún resulta fácil de distinguir, gracias principalmente a la parroquia que presta el nombre a la plaza y cuyo estilo mudéjar, tanto llamaba la atención del británico. En este transitar hacia el norte de la ciudad, llegaríamos por una bulliciosa calle Feria a otros ejemplos del mudéjar, como son la Parroquia de Omnium Sanctorum y el Palacio del Marqués de La Algaba, que precisamente alberga el museo de dicho estilo arquitectónico en la actualidad, y que aparecían conectados.




Continuando por parte de esta amplia ruta gráfica que nos legó Richard Ford, estaríamos ya situados en plenas collaciones de la Macarena y S. Julián, unas zonas limítrofes con  el cinturón almenado que aún rodeaba íntegramente la ciudad, aunque por poco tiempo más, pero que por suerte aún podemos observar precisamente en esos barrios. El autor dejó buena muestra de paisajes extramuros, así como de sus interiores, de hecho a continuación vemos la actual calle Macarena, que abarca entre el afamado Arco y la desapercibida Puerta de Córdoba, a la altura de la octogonal Torreblanca. Más abajo, y tras perdernos por las estrecheces de sus calles, visitamos el compás de la iglesia del Convento de Santa Paula, con una extensión bastante mayor por sus huertas existentes en aquel entonces. Una vez más, aparece el mudéjar.





Avanzamos en el tiempo de este trayecto hasta 1832, antes de que la familia Ford marchara a pasar la época estival en la ciudad nazarí, y en nuestro recorrido saldríamos por la que fuera la Puerta del Sol para situarnos ante el pórtico del Convento de María Auxiliadora y contemplar las vistas de la Catedral, tras unos Jardines del Convento del Valle, ubicados frente a la fábrica de salitre, donde hoy está levantado el edificio del Laboratorio Municipal.




Ante esa visualización, no nos queda otra que caminar, curiosamente, en el mismo sentido en el que está ordenado el tráfico que circula por la ronda. De esta forma, una vez que atravesaramos el arroyo Tagarete que aun corría sin estar abovedado bajo tierra, llegaríamos a un llano con una pasado lúgubre debido al quemadero de la Inquisición, el mismo lugar que en la década siguiente albergaría nuestra primera Feria de Abril, este sitio no es otro que el hoy ajardinado Prado de San Sebastián, que recibe el nombre de la Ermita y el Cementerio existentes al fondo del mismo. Vemos a continuación este campestre lugar, corazón actual del barrio de El Porvenir y sede de los blancos nazarenos de la hermandad de La Paz.





Volvemos a tener otra vista del Paseo de la Delicias, aunque ahora a la inversa de como lo observamos al principio de nuestra visita, por lo que desde aquí miramos hacia la ciudad de forma algo diáfana a como la visualizamos en este s. XXI, puesto que en esas fechas todavía faltaba casi un centenar de años para la Exposición del 29, que tantos cambios y frondosidad vegetal trajo a la ciudad.





Este paseo junto a la orilla del río nos acerca a la Plaza de toros de la Maestranza, donde se sucedían las corridas de toros, algo tan llamativo como imposible en el país de nuestro viajero, sorprendido por las costumbres que aquí iba conociendo y también por el personal de toda calaña que iba y venía en pleno Arenal, así como por los caminos peninsulares que él recorría hacia otras ciudades.




Tras el coso taurino se hallaba el antiguo barrio de la Laguna de la Pajería, flanqueado a un lado por la Puerta del Arenal y al otro por la que vemos a continuación, la Puerta de Triana, tal como la encontraríamos al cruzar el antiguo puente de barcas desde el arrabal alfarero y marinero. Años después, puente y puerta desaparecerían, siendo sustituido uno y derribada la otra, como triste costumbre por estos lares.


Una vez traspasado el dintel, es también en 1832 cuando el autor nos dirige nuevamente al verdadero epicentro de majestuosidad de la ciudad, adentrándonos en la montaña catedralícea y en uno de los monumentos vecinos más emblemáticos, como son los Alcázares, cuya Puerta de la Montería o del León vemos aquí representada en una Plaza del Triunfo con viviendas adosadas al muro.





Siendo numerosos los dibujos de estos lugares, podemos observar uno del Patio de las Doncellas de una calidad muy fina por el lujo de detalles que están realizados, especialmente en las yeserías. Este cuidado minucioso se debe a un cambio de manos del dibujante, siendo la esposa Harriet su autora, dado que tenía mayor profesionalidad para este tipo de trabajos que su marido, más afanado en lo paisajístico.





Regresando a Sevilla, aunque ya por última vez, del periplo veraniego en tierras granadinas y establecidos en el Palacio de Monsalves, como ya dijimos anteriormente, la familia británica va a pasar lo que serán los últimos meses en la ciudad. Antes de pasar a 1833, fecha de su definitiva marcha, volvemos a saber como era la apariencia del lugar de residencia, gracias al siguiente dibujo. Buena elección para vivir.





Y posteriormente, quizás como antesala de la inminente salida, vemos la Puerta Real en su cara interior, la plazoleta donde aún hoy siguen en pie esos característicos soportales. Es de extrañar que, buscando dirigirse hacia la tierra de La Alhambra, abandonaran la ciudad por dicha puerta, aunque quién sabe si, por la cercanía al hogar, fue esta la última imagen que los Ford tuvieron de las entrañas de la ciudad que los acogió.




Ya hemos culminado nuestra ruta de la mano de Richard Ford, es 1833, el viajero ha partido hacia Granada antes de regresar a las frías y húmedas islas. Así que para finalizar, nos despedimos con la estampa de la Hacienda de S. Bartolomé o Guzmán, a escasos kilómetros de Sevilla, como ejemplo de esos cortijos andaluces que trabajan el tesoro óleo de nuestras tierras y que permanecen actualmente.


Tras este extenso recorrido, descansen y regresen para seguir descubriendo esta urbe que, al parecer, no tiene lugar para dedicar una calle a este peculiar viajero. Espero que hayan disfrutado.

4 comentarios:

  1. Quien tuviera ese trazo.
    Algo por decir que me ha llamado la atención es la ausencia de pavimento de ningún tipo en general. La lluvia en Sevilla es una maravilla pero en esa época lo que tenía que ser es una aventura de carros y carretas.
    Muy buen post

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  2. Gracias Pepe por tu lectura y opinión. No podemos quejarnos de los dibujos que nos dejó y como bien has observado ese era el estado de las calles de Sevilla hasta bien entrado el pasado siglo XX. Saludos.

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