jueves, 22 de mayo de 2014

La calle Susona.

          Hoy nos desplazamos hasta el centro de la ciudad. En particular al barrio de Santa Cruz, el cual gracias a sus estrechas y blanqueadas calles, nos va a proporcionar algo de sombra y frescor para poder mitigar un poco las altas temperaturas que venimos aguantando por aquí. Como bien sabemos, es una de las zonas más afamadas del casco histórico. Repleta de detalles y bellos rincones, que hacen que se encuentre constantemente visitada por ávidos turistas armados con las mejores cámaras fotográficas del mercado. Por supuesto, un barrio así también cuenta con sus particulares historias y leyendas, como por ejemplo la que aparece en el título y que hoy les traemos a este sitio: La calle Susona.

Rótulo actual de la calle.


Dicha calle tiene forma de L, comenzando en la Plaza de Dª. Elvira para desembocar en la calle Pimienta, que es la esquina que observamos en la imagen de arriba. Además, si contemplamos un plano, veremos que es una calle simétrica al comienzo de la c/ Vida, a la que se oponía con el antiguo nombre con el que figuraba en el callejero, que no era otro que el de Calle de la Muerte. Algo muy apropiado para poder comprender mejor la particular historia de esta vía, que muchos ya conocerán y sabrán la leyenda que acoge entre sus encaladas fachadas, otros quizá hayan pasado por allí y tengan curiosidad por averiguarla y habrá otros que pasando por allí muchas veces no hayan reparado en alguno de los azulejos que se pueden ver en ella y que nos sirven de guía.

Rótulo antiguo de la calle.

La esquina de la imagen superior corresponde al inicio de la calle que hoy comentamos con la anteriormente mencionada Plaza de Dª. Elvira. En ella vemos el azulejo del nombre que antiguamente tuvo y otro con la ubicación correspondiente a la ordenación urbana en la época de Olavide, en la segunda mitad del S.XVIII, y que nos indica que nos encontramos en el Quartel B, de los cinco que tenía la ciudad, en el Barrio 1, de los ocho que había en cada quartel y que en este caso correspondía con la Parroquia de Santa Cruz, y por último en la Manzana 13. Muchos azulejos de este tipo pueden verse en diferentes sitios de la ciudad, pero no es el objetivo de nuestro céntrico paseo. Lo que nos interesa es su historia, por qué tenía ese nombre y por qué ahora tiene otro, y por supuesto si tendrán relación. Pero para ello, no nos vale con viajar hasta esa Sevilla dieciochesca, tendremos que remontarnos hasta finales del S.XIV y adentrarnos un poco más en esta calle, hasta la casa nº 10, que está situada en el ángulo recto que le da esa forma de L, donde un apacible y bonito ensanche nos comunica con el "Pasaje del Agua".

Casa nº 10 de la c/ Susona.

Como decíamos, el inicio lo tenemos hacia 1391, cuando Fernando Martínez, el Arcediano de Écija, promulga un odio y recelo hacia la comunidad judía, lo cual despertó la ira entre la población hispalense, que decidió entrar el día 6 de Junio de dicho año en los barrios de la Judería. Arrasaron las casas, las sinagogas y todo lo que encontraron, llevando a cabo la matanza de miles de personas de esa religión. Algunos lograron salvar sus vidas, a cambio de su conversión al cristianismo, de ahí que fueran denominados como judíos conversos. Ya en el s.XV, con el reinado de los Reyes Católicos y la creación de la Inquisición, el ambiente no era el más idóneo ni en calma para aquellos conversos, muchos de ellos bien situados gracias a su fama de buenos negociantes y administradores. Uno de ellos era Diego Susón, que vivía con su familia en dicha vivienda. Su hija Susana Ben Susón, era conocida por todos como la "fermosa hembra" y además llamada como Susona, por lo que como pueden imaginar es al personaje que está dedicada esta calle. La bella muchacha se veía con un joven cristiano, algo que padre de la chica no consentía, puesto que a pesar de ser converso, usaba su poder económico e influyente entre la sociedad para reunirse en su hogar con otros personajes de su misma condición para mantener su religión judía y conspirar contra los gobernantes que venían causando la muerte y represión de esta comunidad durante los últimos cien años. Aquellas reuniones conspiratorias no pasan desapercibidas para Susona, que ve en peligro la vida de su amado cristiano, motivo por el que decide avisarlo, a sabiendas que las consecuencias para su propio padre y allegados de la familia serían drásticas. Y efectivamente así fueron, el muchacho informó a D. Diego de Merlo, capitán y Asistente de Sevilla, que movilizó a sus soldados para entrar en la casa de los Susón, donde llevaron a cabo la detención de una veintena de acaudalados judíos de la época provenientes de Sevilla, Carmona, Écija o Utrera. Los apresados fueron rápidamente juzgados como conspiradores y condenados a muerte en la hoguera, por lo que fueron llevados en los días posteriores al quemadero de Tablada, donde fueron ajusticiados.

Azulejo bajo uno de los balcones de la casa.

Tras estos hechos, la joven recapacitó por la traición que había cometido y que causó la muerte de su padre, ya que no era por la conspiración en sí, más bien había sido por su egoísmo para salvar a su amado y poder mantener su amor. Algo que tampoco consiguió, ya que el chico la rechazó cuando se percató de lo que Susona era capaz de hacer por ese egoísmo y maldad que tenía. Y no fue el único, puesto que toda la comunidad judía de la ciudad la repudió por ser una traidora con su propia familia y con todos ellos en general. Sola y atormentada, la muchacha se dirigió a la Catedral para poder recibir el bautismo cristiano y confesarse. Allí es recibida por Reginaldo Rubino de Toledo, Obispo de Tiberíades, que la absuelve de sus pecados y la encomienda a ingresar en un convento, a lo que la joven accedió. Es esta parte de su vida la que alberga más versiones legendarias, ya que para algunos permaneció enclaustrada hasta su muerte, mientras que para otros abandonó el convento con el paso de los años y regreso a su hogar para llevar una tranquila vida cristiana hasta sus últimos días. Y por último, quienes dicen que su tristeza la llevó a salir del convento y llevar una vida llena de desdichas amorosas y de miseria que acabó con su muerte. Sea como fuere, lo cierto es que cuando le llegó su fin, dejó escrito en su testamento que su cabeza fuera colgada en la puerta de su casa, lugar de todos los hechos, como castigo de sus pecados y que así las generaciones posteriores y los que por allí pasaran supieran su historia.

Azulejo colocado en la fachada de la vivienda en recuerdo de lo allí acontecido.

Para cumplir con su última voluntad, en dicho lugar se colgó la cabeza de la que fuera la bella Susona hasta comienzos del s.XVII, finalizando de este modo toda esta historia, pero no así su leyenda que generación tras generación va pasando por los sevillanos y aquellos intrépidos turistas que se adentran por los callejones del barrio de Santa Cruz, llegando a todos los rincones del mundo para que sean conscientes de lo que esta mujer vivió y cometió en esa calle que antaño tuvo tal tétrico nombre por la impactante estampa que se vería y que hoy en día recibe el propio nombre con el que Susana Ben Susón, la "fermosa hembra" fue conocida: Susona.

Amplio retablo en la fachada con el relato de esta historia.

A la sombra de los naranjos, de estas encaladas calles y de la propia Giralda, terminamos aquí nuestro paseo de hoy. Ojalá que hayan disfrutado con nosotros de esta historia y de nuestra ciudad y no duden en dejarse perder junto a los muros del Alcázar para saborear este tranquilo rincón de Sevilla.

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