sábado, 5 de agosto de 2017

Doña María Coronel y El Rey Cruel.

         Sevilla, una ciudad de encanto, leyenda y misterio. Cada rincón de esta urbe esconde una historia por descubrir, un romance por recordad y un sentimiento implantado en cada piedra encargada de sostener la capital hispalense. Hoy nos transportamos a la Sevilla del siglo XIV.

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Es el año 1334, el Reino de Castilla es gobernado por los encargados de la regencia del Rey Alfonso XI, hasta que este alcance la madurez y pueda ponerse al frente del reino. Este mismo año nace en Sevilla una de las aristócratas locales más recordadas, María Fernández Coronel, conocida en Sevilla como Doña María Coronel.

María no disfrutó de una vida despreocupada, siendo muchas las letras, palabras y frases las que componen su biografía, biografía que se podría dividir en tomos de desgracias vividas por nuestra protagonista. Pero hoy vamos a centrarnos en un capítulo de su vida con gran repercusión en el desenlace de la misma.

María, de ojos penetrantes y tristes, parecía no conocer remedio para abandonar sus preocupaciones, decidió luchar para alcanzar la felicidad. Conoció a un chico de buena familia, Juan de la Cerda, hijo de Luis de España y descendiente directo de Fernando III El Santo.

Juan, tras la muerte de su padre, heredó varios bienes inmobiliarios, así como parte de la fortuna de la familia.

Los ojos de María comenzaron a tener especial foco en Juan de la Cerda, atracción ratificada como mutua, prometiéndose amor eterno en la ciudad del valle del rio Betis. Aunque…no eran los ojos de Juan los que no se podían cerrar cada noche pensando en la faz de María. No es extraño que una chica de buena familia, posicionada y con cara de ángel, tuviese más de un pretendiente, pero el verdadero problema llega a nuestra historia con una corona en la cabeza.


Retrato de María Fernández Coronel pintado por Joaquín Dominguez Bequer en 1857
El Rey Don Pedro I, apodado “El Cruel”, quedó prendado de los ojos de María, persiguiéndola día y noche para comprar un amor eterno que nunca llegaría.

Una mañana, la Guardia Real se presentó en casa del matrimonio y detuvieron a Juan de la Cerda, acusado de conspirar contra el trono del Rey Don Pedro. En esta ocasión no voy a desarrollar este hecho, ya que no queda claro si realmente Juan de la Cerda pertenecía a una organización que preparaba atentar contra la corona, o fue el Rey el que decidió quitarse el principal obstáculo para llegar a los brazos de María Fernández Coronel.

Juan de la Cerda fue decapitado, todos sus bienes pasaron a la corona y el corazón de nuestra protagonista se rompió en mil pedazos.

Tras la muerte de Juan de la Cerda, El Rey comenzó de nuevo a cortejar a María, mientras esta guardaba luto por su marido, vistiendo en todo momento el característico hábito negro.

Cada día que pasaba, la insistencia del Rey aumentaba y el miedo de María cada vez era más grande. Un día, cansada de vivir con el miedo, decidió pedir cobijo en casa de sus padres, pero esto no fue suficiente…varias lunas después, la guardia real se dispuso a asaltar la residencia de Alfonso Fernández Coronel, padre de María. El Rey mantenía la esperanza de llevar a Doña María a su residencia en pleno alcázar sevillano, pero Doña María, saltó por la ventana trasera y huyó buscando techo por toda la ciudad. Finalmente se refugió en el convento de Santa Clara, donde para mayor seguridad, la escondieron en una zanja cubierta con maderos.

El Rey, que ya sabía dónde se escondía Doña María, dejó pasar un par de días y se presentó por sorpresa en el convento. María, viéndose acorralada por el rey, corrió hacia la cocina y sin pesarlo dos veces, tomó una sartén con aceite caliente y se la tiró a la cara. Cuando el Rey entró en la cocina y vio el desastre, huyó despavorido.

El Rey, comido por la culpa, pidió a la Priora que cuidase de María, que económicamente no le faltase de nada y que le tuviera informado de cualquier deseo que tuviese, con intención de concedérselo para acallar su mala consciencia.

Aprovechando el ofrecimiento, Doña María solicitó al Rey que le devolviese el Solar de su marido para construir un convento. El Rey accedió a la petición construyendo lo que es hoy El Convento de Santa Inés.


Hasta aquí uno de los muchos capítulos que podría escribir sobre la vida de esta aristócrata, que sigue presente en los textos que protegen la historia de esta ciudad.

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